En las sagradas escrituras San Pablo escribió  el siguiente verso: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño”. (1 Corintios 13:11)  Pero las cosas en la vida real hay veces que no son tan simples. Hay veces que nuestras experiencias de nuestra niñez definen nuestra identidad y el abandonarlas es como abandonarse a sí mismo. Es aquí dónde empezaremos nuestra jornada, en el pasado de mi niñez.

“¡Estamos en la orilla del mundo!” decía mi madre,  mi papá tomando su café del desayuno sonreía gustosamente al contestarle “Ay mujer!”  En realidad no los encontrábamos en la orilla del mundo pero en Warroad, Minnesota en la frontera de los Estados Unidos y Canadá. Mi madre se encontraba haciendo el desayuno y la aroma de tortillas y café llenaba nuestra casa.  Tocando la puerta del baño mi padre en un tono de voz apresurado decía “¡Date prisa hijo! ¡No quiero que se te pase el autobús!” “¡Ya voy papá!” y pronto salí del baño como un artista de teatro al aplauso de sus admiradores. Mi pelo bien peinado y reluciente con el brillo y la fragancia de la brillantina Tres Flores. Mi camiseta bien puesta dentro de mis pantalones nuevos, mis zapatos aunque eran de segunda, mi papá los había boleado que al levantarlos reflejaban mi rostro entre la luz de la cocina. “Estas listo?” preguntó mi padre, con gran confianza y certeza le contesté “¡Sí estoy listo!” Mi madre con sus ojos llorosos intentaba contener sus emociones me dio su bendición y me entregó una bolsita con mi bastimento. Temiendo que al ver su rostro me llenaría de emoción y me pusiera a llorar, rápidamente guardé la bolsa en mi mochila; tomé la mano de mi padre y me encaminó hasta la orilla del rancho donde esperaría el autobús. Al llegar, me encontré con mis amigos, Alfredo, Jesús, Tomás, Lupita y su hermana Rosario.

Cuando el autobús se aproximó apenas había hecho alto cuando rápidamente  nos embarcamos como marineros en busca de aventuras. Por la ventana mi papá orgullosamente me decía adiós. Y como un sueño el autobús se alejó de lo que a este punto había sido mi mundo. Este día era mi primer día escolar, este día sería una nueva etapa en mi vida. Con cada paso yo y mis amigos reíamos gustosamente y temblábamos con júbilo. Al fin el día que tanto habíamos anticipado era realidad, por fin éramos estudiantes.

Cuando llegamos a nuestro destino nuestra maestra nos esperaba. Al desembarcar del autobús nos dirigió  unas palabras hacia nosotros pero no entendimos sus palabras. Rápidamente nuestro júbilo y alegría tan pronto como vino se fue como una pluma en el viento. Con una señal de mano nos dirigió a nuestro salón y tomamos nuestro asiento. Luego empezó hablar y mis amigos y yo nos veíamos uno a otro con expresiones confusas. Cuando la maestra y los niños anglos reían nosotros intentábamos reír con ellos y fingíamos entender atentamente. Allí permanecimos sentados y cayados la mayor parte de la mañana como si fuéramos invisibles en el mundo.

Al poco rato la maestra  levantó su mano hacia nuestro grupo y sonriendo se dirigió hacia mí y me preguntó  “What’s your name?” Pero no pude contestarle y humillado bajé mi rostro para no llorar. Pero después se dio la media vuelta y dijo “Javy come here.” En el rincón del salón se levantó un niño y caminó rumbo a mí. La maestra que su semblante había sido tierno ahora era frustrado y con un tono de enojo le dijo a Javy “Ask him his name?” El niño con lástima en sus ojos me preguntó en voz baja “Tu nombre la maestra quiere saber tu nombre.” Las palmas de mis manos se enmudecieron y con mi respiración agitada le contesté “Me llamo Andrés!” el niño presintiendo mis emociones rápidamente le contesta a la maestra, “Andrés his name is Andrés!” la maestra frustradamente le dice, “No, tell him his name is Andy from now on!” El niño con una reflexión de advertencia me dice, “Desde hoy te vas a llamar Andy está bien.” enojado le respondí “No, mi nombre es Andrés !” al decir estas palabras cayó un silencio sobre el salón. Javy meneaba su cabeza y me vio con una mirada de madre al ver a su hijo condenado a muerte, y cerró sus ojos al ver cuando la maestro me tomó de mi mano. Como reo en un cuartel la maestra me encaminó hacia el baño;  puso una gota de jabón en su dedo y luego sentí la espuma del jabón entre mis labios. Fue entonces cuando comprendí la mirada de Javy por que en realidad en ese baño moriría mi inocencia y todo rasgo de mi identidad. Como un siniestro bautismo fui bautizado a un mundo lleno de ignorancia y odio; desde ese momento mi nombre fue Andy.

Fue lamentable que esta experiencia haya sido lo primero que enfrentaríamos como estudiantes por tener como nuestra idioma natal el español. Hoy en día el ser bilingüe es valorado y favorecido. Pero para muchos de nosotros el daño  hecho fue inmenso e irrevocable. Muchos de mi generación eligieron no enseñar el idioma español a sus hijos por la dolorosa experiencia de la discriminación . Aunque yo no estoy de acuerdo que no les enseñen el español a sus hijos; no los puedo juzgar porque íntimamente los comprendo. En reflexión, yo aun sigo atrapado en el limbo de mi propia identidad navegando en un mundo donde hay momentos que al mencionar mi nombre en español todavía siento el amargo sabor del jabón entre mis labios.

MI NOMBRE ES ANDRÉS by Andrés Peinado Jr.